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 CRÓNICAS DE REGENERACIÓN

BOSQUE PEHUÉN
Una crónica para establecer contacto con lo vivo en los Bosques Templados de Sudamérica



Por: Ileana Diotima Elordi
Ilustración: Aranzazú Moena Latasa



En esta crónica, Superreinos se adentró en Bosque Pehuén; 880 hectáreas en medio de la Araucanía Andina, protegidas por Fundación Mar Adentro.

Entendiendo que cada bosque es un cerebro autónomo, esta crónica intenta dilucidar qué tipo de inteligencia se expresa en este bosque templado de Sudamérica, el cual tiene al árbol del Pehuén (Araucaria araucana) como axis, y a los volcanes Rukapillán y Quetrupillán como guardianes.

Con el fin de promover el vínculo con lo vivo; se entregan aquí algunas claves para quienes buscan observar los intercambios que ocurren al interior de este bosque, y establecer, dicho sea de paso, sus propias conexiones nerviosas.


PARTE 1: PREÁMBULOS PARA ENTRAR EN UN BOSQUE, UN CEREBRO 

Cuando uno está siendo observado cambia de actitud. Cambia los gestos y la manera de desenvolverse. Observar sin embargo, no refiere únicamente al sentido de la vista, sino a saber que tu presencia está siendo captada por otros. Plantas, insectos, reptiles, anfibios.  Porque no todo nos observa como los humanos observamos.

Al entrar a un bosque, este cambio de actitud se activa. Estás siendo observado, aunque no sepas por quienes, ni de dónde viene la fuente.

Quizás un bosque es precisamente esto; distintos organismos en estado de observación. Una red de interconexiones que de alguna manera, funciona tal como un cerebro autónomo, cuyos intercambios o sueños, avanzan sinuosos como nervios.

¿Cada ser vivo del bosque sería entonces como las células de un cerebro? No exactamente; porque la inteligencia no existe por cada célula por separado. Es una función que surge desde las neuronas conectadas.

En un bosque, se generan conexiones entre árboles, aves, hongos, anfibios. Y quizás, el primer paso para establecer una sinapsis es eliminar todo tipo de indiferencia. Bosque Pehuén es parte del bosque templado de Sudamérica, zona donde las araucarias han observado a los pehuenches durante milenos. Y los pehuenches a las araucarias, quienes la llamaron “pehuén” y a ellos mismos “pehuenches”, gente del pehuén. De aquí el nombre de este bosque.




PARTE 2: PRIMERAS REACCIONES ANTE UN BOSQUE


Hay quienes aprendieron el lenguaje del bosque antes del lenguaje de las palabras. Aún así, los bosque han sabido resguardar sus secretos. Desde ahí la fascinación que provocan, en la tensión que generan entre lo extraño y lo familiar.

¿Cómo acercarse a lo que no conocemos? Algunos mantendrán su distancia. Los más temerosos quizás creerán que su presencia pueda ser percibida como huracanes. Lava. Fuego. Peligro. A veces lo diferente es observado con sospecha. Como si existiese un elemento inherente de miedo y auto-defensa.

Pero la extrañeza del bosque también invita a descifrar sus secretos. El hecho que en los bosques templados del sur por ejemplo, incluso el azufre se absorba. La química lo dice; el azufre de las erupciones volcánicas (Rukapillán, Quetrupillán, por ejemplo), fueron transportadas por el viento y los ríos hacia los suelos, donde fueron absorbidas por las raíces de las araucarias.

Y desde esas cenizas crecen sus semillas. Semillas que se transforman en harina, sopas, locro, catutos, café, brebajes fermentados como el muday. Los pehuenches hicieron de estas semillas su principal reserva nutritiva. Con productos cargados en metionina; un aminoácido esencial que proviene del azufre volcánico.

Herzog pensaba que los bosques del Amazonas estaban hechos por un dios iracundo. En los bosques templados del sur, por el contrario, se absorbe el azufre, como si quisieran sublimar incluso la devastación. Una fuerza resiliente, antigua, introvertida, inteligente, con sus propias conexiones nerviosas.
 

Fotografía: José Carrasco

PARTE 3: ALGUNOS MEDIOS PROMOTORES DE CONEXIONES NERVIOSAS 


Existen conductores que promueven las conexiones nerviosas. Agua, Viento, Luz. Medios que generan alianzas entre lo que está vivo y lo que no.

Sin duda existe una frontera entre lo vivo y lo inerte, pero en estos bosques esta frontera se difumina y pareciera invitarte a vivir en su filo.

En este bosque, por ejemplo, las araucarias son anemófilas; se reproducen a través del viento. Establecieron con él una alianza para expandir sus historias genéticas. El polen liberado por sus conos masculinos, es transportado por el viento a los conos femeninos. Un proceso vital para la polinización y producción de piñones o nguilleu.

El viento como vector, determina la historia de las araucarias. Y así, esta especie se expande principalmente por la cordillera de Los Andes, entre las latitudes 37 y 39 Sur, hasta alcanzar los 1.500 msnm aproximadamente. En sus zonas más bajas,  -1.300 msnm aproximadamente-, las araucarias se entremezclan con bosques mixtos de coihue, ñirre y lenga; especies del género Nothofagus.

En esas zonas, los rayos de luz se incrustan entre las ramas de los árboles. Las sombras desde el suelo, vuelven la tierra húmeda y elástica como un colchón. Desde ahí crecen las semillas de las araucarias, que expandidas por el viento, traen consigo sus altos niveles de azufre.

Viento. Sombras. Luz. Conductores de conexiones nerviosas. Dicen que todos tenemos bosques en nuestras mentes. Y cada uno de nosotros tiene la posibilidad de entrar en él.




Fotografía: José Carrasco

PARTE 4:  UN CEREBRO DE ENDEMISMOS Y MUTUALISMOS


Al igual que los pehuenches, los indígenas cáingang que habitan un extenso territorio en el estado de Paraná, Brasil, también pusieron a su araucaria, “La Araucaria del Paraná” (Araucaria angustifolia) como base espiritual y alimenticia.

Ambas culturas, desplegaron su cosmovisión en torno a un árbol. Son culturas de imaginación arbórea, con sus propias ramificaciones y sutilezas. En Brasil sin embargo, la invasión de plantaciones amenazan los ecosistemas naturales con araucarias, junto a todos sus vínculos que se encuentran en situación de riesgo.

Cada bosque tiene sus propias interacciones, y las que se cruzan en los bosques templados de Sudamérica, no ocurren en otros tipos de bosques. El bioma de estos lugares es rico en endemismos. Es un cerebro autónomo, con conexiones nerviosas variadas, creando un lenguaje extenso y propio.

Anfibios, abejas, coleópteros, gran parte de la flora leñosa es endémica. Pumas, zorros, pájaros carpinteros, ranas de darwin, monitos del monte. Particularmente, este tipo de bosques contiene una rica fauna de insectos endémicos: sin que muchos lo noten, el escarabajo “Taladro de Magallanes” (Microplophorus magellanicus) se mueve entre madera muerta de Nothofagus. Reciclan los nutrientes del bosque y oxigenan la tierra. Es un insecto Xilófago, comedor de madera. A medida que come, va taladrando sus registros en las maderas de Nothofagus.

Posiblemente, estos escritos no están hechos para ser leídos por sus depredadores, los pájaros carpinteros (Campephilus magellanicus), quienes encontraron su mayor fuente de alimentación en este insecto. Seguramente son registros para otras especies o la suya propia. Lo curioso del “escarabajo taladro” es que escribe mientras come. Y el material de escritura sobrante entra en digestión pasando por el intestino. Su forma de escritura definirá los químicos de su cuerpo, para seguir manifestando otro tipo de expresiones químicas y físicas. Su escritura con madera de Nothofagus, podría considerarse un lenguaje propio o registro endémico, hecho por individuos y árboles endémicos.

Los bosques templados del sur, también se caracterizan por sus mutualismos, la flora nativa leñosa, por ejemplo, depende de la existencia de los animales (y vice-versa). Los animales son los vectores principales para la dispersión de sus semillas y participan del proceso de polinización para la reproducción sexual de estas plantas. Son formas de inteligencia de apoyo mutuo.

El picaflor chico (Sephanoides galeritus) transporta en su cabeza y su pico el polen del chilco (Fuchsia magellanica). La flor del chilco le da señales específicas; su aroma, color fucsia, su corola tubular larga. El colibrí las reconoce, e introduce su largo pico (¡y también parte de su cabeza!).

En compensación por transportar el polen, el colibrí obtiene una recompensa dulce de néctar, un banquete diluído.

Lo particular de este dúo, es que ambas especies evolucionaron en conjunto, se adaptaron entre ellas sus morfologías y fenologías. Si una desapareciera, la otra quedaría en una especie de luto evolutivo.



PARTE 5:  EMITIR MENSAJES PARA GENERAR SINAPSIS 


Al entrar en el bosque, la sensación que ahí se habla un lenguaje antiguo que queremos descifrar.

Hacemos lo posible, incluso con aquellos seres vivos que sin verlos de manera directa, podemos encontrar algunas de sus señales; huellas en el suelo, excrementos, huevos verdes de tanta biliverdina, sonidos captados con cámaras trampas durante el crepúsculo como ocurre con las ranas de Darwin.

Independiente de nuestra torpeza, o nivel de alfabetismo boscoso, al entrar en un bosque cargamos con una disposición mental. Una actitud que en parte, se traduce en información química, sonora, física. La forma en que nos movemos, y los químicos que podríamos irradiar como adrenalina, dopamina, cortisol.

Y desde esa disposición mental, se hace lo posible por emitir una especie de mensaje privado y secreto. La intención por establecer un vínculo. Queremos ser percibidos correctamente. No queremos ser mal interpretados, ni perdernos sin poder regresar. Y las zonas que fueron explotadas hasta los años 70 por tala y quema de la industria maderera, incitan a entrar con una actitud particularmente precavida.

Caminamos cautelosamente, tocamos con delicadeza la puerta del umbral.  

Al entrar en estos bosques, nos encontramos con una gran diversidad. Y cada ser vivo siente el clima de manera diferente. Algunos son más sensibles a la temperatura, otros al agua o a la humedad. Sombras, luz, químicos. Nuestra presencia, también será interpretada de distintas maneras, pero nuestra disposición mental, encuentra sus propios medios.

Y estos bosques antiguos, -que crecen y a la vez se regeneran-, son habitaciones amplias que saben asimilarlos. Por muy leves que parezcan, nuestras proyecciones en estos bosques antiguos, alcanzan gran magnitud.



PARTE FINAL: SINAPSIS, EL TIEMPO DISLOCADO


Enfrentarse a un bosque de araucarias genera un desfase cognitivo. Cuántas conexiones químicas y nerviosas se han experimentado en su interior, cuántas corrientes de viento y cambios en el paisaje.

Las araucarias, sabemos, tienen una genética que ha permanecido en la Tierra desde épocas Triásicas, hace más de 200 millones de años, cuando la Tierra aún estaba unida en Pangea, con un clima de calor extremo y de una intensa actividad volcánica.

En este siglo XXI al secuenciar su ADN, sabemos también que las araucarias tienen un un mega-genoma que archiva sus historias aún no descubiertas. Sus adaptaciones, a volcanes, lava, sequía, glaciaciones. Sus interacciones extintas, guardadas en este archivo vivo.

Seguramente, en este archivo está registrado el momento en que las araucarias superaron la extinción masiva de los dinosaurios, en el período Cretácico-Paleógeno. Para ese momento, se cree que las araucarias eran el alimento de los saurópodos, estos dinosaurios herbívoros de cuellos enormes, los animales terrestres más grandes en la historia de la vida terrestre. Ahí, también deben estar sus interacciones con los pájaros, insectos, vientos, anfibios, humanos. El momento cuando los primeros habitantes de Sudamérica se encontraron con uno de los bosques más antiguos de la Tierra; y sus manos comenzaron a recoger sus semillas, ¡y su pensamiento abstracto a otorgarle el grado de deidad!

El tiempo está acumulado en las araucarias, y esto no es solo información, también se experimenta: con ellas se genera un vínculo donde el tiempo se disloca, como si fuese una partida del oráculo.  

Es un vínculo donde su extrañeza, no revela del todo sus secretos, pero lo familiar que proyecta, se hace cada vez más familiar, y los nuevos visitantes, -incluso a los más temerosos-, tienen la opción de sentir que ya estuvieron antes.

Cuando entramos en un bosque de araucarias, seguramente nuestra presencia también se está codificando en sus células. Como un cerebro vivo y autónomo, el bosque sigue archivando las interacciones que se cruzan en su interior, y cómo estas influyen en la consciencia de quienes la experimentan.





Fotografía: José Carrasco































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