“BUSCAMOS CULTIVAR
LO IMPENSABLE”
La bióloga Andrea Barrera, es experta en Microbiología e Ingeniería Genética, y reconocida como una de las “25 Mujeres en la Ciencia Latinoamérica” por la empresa 3M. Generosamente, nos recibió en su laboratorio de la Universidad de Talca, donde lleva a cabo sus experimentos sobre plantas y hongos en ambientes extremos tales como la Antártica y el Desierto de Atacama.
En esta entrevista, nos habla del rol de la imaginación, sobre cómo comenzó a preguntarse por el origen de la vida y a replicar las condiciones para su surgimiento, con sus primeros cultivos en incubadoras: tomates y lechugas en costras biológicas. La idea de su investigación, es pensar la vida en el límite, en temperaturas extremas, sin oxígeno ni agua.
Estos cultivos podrían hipotéticamente, replicarse en ambientes extraplanetarios como Marte.
Por: Francisco Ide, Ileana Diotima Elordi
PARTE 1: Simbiontes de ambientes extremos y desiertos paralelos
Superreinos: Gracias por recibirnos, Andrea. Cuéntanos del recorrido que hiciste hacia tus investigaciones actuales.
Andrea Barrera: De formación soy bióloga marina, disciplina que era muy poco común para alguien de Talca, tan lejos del mar. A partir de mi doctorado comencé a investigar las interacciones existentes en el Desierto de Atacama y la Antártica, que también es un desierto.
SR: ¿Entonces cómo se define un desierto?
AB: El desierto se define por la cantidad de agua disponible. En la Antártica el agua está en forma de hielo, es decir, no disponible para los organismos. El contraste con el Desierto de Atacama es interesante, porque puedes estudiar cómo funcionan las interacciones en dos ambientes extremos. Somos privilegiados de tener un desierto cálido y uno frío.
SR: Son un reverso, unos desiertos paralelos.
AB: Sí, totalmente. Además estudiar cómo los organismos sobreviven en condiciones adversas nos ayuda a prepararnos para sobrevivir en los ambientes que habitamos.
Cuando comencé a investigar las plantas y microorganismos de la Antártica, quise entender la interacción y colaboración entre ellos ¿Están juntos porque se necesitan? ¿Es una relación vital, donde si no existe uno el otro no sobrevive?
SR: ¿Qué rol juegan los ambientes extremos para que se den las interacciones de colaboración?
AB: Yo le digo a mis estudiantes que para entender esto hay que fijarse en cómo funcionan todos los organismos. Si el contexto se pone difícil, hay que unirse, trabajar en conjunto; pasa lo mismo en los ambientes extremos.
SR: Establecen un pacto.
¡Claro! Siempre he admirado a la científica Lynn Margulis y su teoría de la endosimbiosis. Ella dice que la vida es una unión simbiótica y cooperativa que permite triunfar a los que se asocian.
En la Antártica, existen plantas capaces de soportar las temperaturas, la radiación UV-B y el spray marino –la alta salinidad– gracias a las interacciones que establecen con otros microorganismos.
“Microcosmos”, Lynn Margulis y Dorion Sagan.
SR: Una postura distinta a la sobrevivencia del fuerte y al individualismo.
AB: Exacto. Siento que esa idea aplica para todo, más allá de la ciencia. Cuando te asocias y trabajas en conjunto, te va bien. Es un concepto que me ha acompañado por mucho tiempo.
SR: En contextos extremos, como en la Antártica, ¿proliferan más las relaciones mutualistas entre organismos?
AB: No se podría decir que es un patrón al cien por ciento, pero se dan casos en que, a mayor estrés, las relaciones biológicas se vuelven más importantes. Por ejemplo, en la Antártica, solo existen dos plantas nativas: la hierba antártica (Deschampsia antarctica) que es un pasto, y el clavelito antártico (Colobanthus quitensis).
Al estudiarlas, nos dimos cuenta que el clavel antártico es muy dependiente de la interacción biológica, no le va bien si no interactúa con otros microorganismos. En cambio, la hierba antártica tiene una maquinaria interna muy potente.
SR: En tu investigación es fascinante el estudio de este clavel y la relación que establece con un hongo que lo protege de los rayos UV-B, como un bloqueador solar.
AB: Ese estudio es muy hermoso. Estudiamos los microorganismos interiores del clavel. Poca gente sabe que, además de los del suelo, existen microorganismos en el interior de la planta y que están súper diferenciados. Hay un grupo en la parte foliar y otro en la parte radicular, que generan funciones específicas, por ejemplo para la absorción de agua y nutrientes.
SR: ¿Son separados de las plantas, como parásitos?
AB: No, es como si fueran una extensión de las células de estas plantas. Nosotros hablamos del concepto de holobionte. El holobionte es todo, es decir: tú con todas tus células y todos tus microorganismos, todo es uno en esa maquinaria.
Clavel antártico florecido (Colobanthus quitensis)
SR: ¿Cómo es el intercambio entre los hongos endófitos y el clavel antártico?
¿Cómo es la simbiosis entre ellos?
AB: Nos dimos cuenta que los principales microorganismos en las hojas del clavel antártico eran hongos endófitos que producen melanina y están pigmentados de negro. Básicamente actúan como una pantalla solar, una protección para que la planta no gaste su energía molecular interna. En un lugar como la Antártica esto es muy eficiente, porque en ese contexto la planta debe cuidar su energía, que es sobrevivencia y reproducción; a su vez, la planta le entrega azúcares al hongo, entre otras cosas.
SR: Una especie de trueque, monedas de cambio.
AB: Exactamente. La planta le da casa, y el hongo nutrientes y protección.
SR: Pareciera que son seres inteligentes y solidarios.
AB: Lo son en muchos aspectos. En este caso ocurre una simbiosis funcional, y su finalidad es la sobrevivencia colaborativa en condiciones extremas. Ahora, este hongo también puede vivir sin la planta. Y si los sacas de ese contexto y los llevas a condiciones ideales, pueden incluso llegar a competir.
SR: Cambian de actitud ¡Qué impresionante!
AB: En la Antártica, tenemos la suerte de trabajar con el cien por ciento de la flora vascular: las dos especies nativas y la Poa anual, una especie invasora. Una vez que empiezas a entender los extremófilos (organismos que viven en ambientes extremos) te enamoras de las capacidades y estrategias que tienen para sobrevivir.
PARTE 2: Biocrusts y vida en Marte.
SR: Háblanos de tus investigaciones sobre las costras biológicas…
AB: Cuando empecé a estudiar desiertos me aparecía constantemente el concepto de biocrusts y me di cuenta que –pese a las grandes extensiones de desierto en Chile– eran muy poco estudiadas. Son hermosas, porque se forman por sucesión: primero aparecen las cianobacterias, después bacterias, hongos, musgo y líquenes.
SR: Hay un órden específico en cómo van poblando el suelo.
AB: Exactamente, cada organismo tiene un rol en el sistema. Las costras comienzan a liberar un “buffet” de moléculas, a la vez que mejoran el suelo, aportando nutrientes y otras condiciones para la sobrevivencia. Estos microorganismos son ingenieros ecosistémicos que trabajan en conjunto para mejorar la vida del entorno.
Costras biológicas de la Antártica.
SR: ¿En qué momento de tu investigación te interesaste por el cultivo hipotético en otros planetas?
AB: Mi marte… Es súper loco ese proyecto. Yo estaba estudiando las costras biológicas de la Antártica y luego del desierto de Atacama. Después estuve en el Centro de Astrobiología de Madrid, donde se hablaba mucho de Marte y de Chile. Me fui a investigar al norte, al núcleo hiperárido del desierto de Atacama, lugar que reúne las condiciones más similares a Marte en la Tierra.
Comencé a preguntarme sobre el origen de la vida en el planeta: cómo los primeros microorganismos, las cianobacterias, comenzaron a oxigenar la atmósfera. Naturalmente surgieron más dudas: ¿Podré recrear una atmósfera apta para la vida? ¿Podríamos volver al origen? Son preguntas arriesgadas, pero que tienen base científica.
SR: Ray Bradbury dice que la ciencia ficción es “el sueño de lo posible, que luego crea el hecho ciencia”; definición que está en el corazón de Superreinos. De alguna manera, creemos que tu trabajo también apunta a la posibilidad. ¿Cómo arrancó este proceso de replicar las condiciones para la vida en otros planetas?
AB: Empecé a cultivar tomates y lechugas a partir de costras biológicas y llegamos a resultados muy interesantes. Creamos un sistema a partir de incubadoras muy simples, quitando el oxígeno con unos reactivos asociados a CO2. Al secuestrar el oxígeno, el ambiente se vuelve anaeróbico y pueden introducirse macetas con costras biológicas, midiendo la temperatura y la oxigenación.
SR: ¿Cómo se te ocurrió esta idea de germinar plantas en ambientes sin oxígeno?
AB: Las buenas ideas no parten como uno se imagina, enfrascada en un laboratorio o rodeada de libros. Me vinieron caminando, haciendo preguntas y buscando respuestas simples; viendo películas como The Martian de Ridley Scott, donde un botánico debe sobrevivir en Marte, o escuchando Starman de David Bowie.
SR: Las artes y la imaginación jugaron un rol importante en tu investigación…
AB: Sí, al principio era pura imaginación. Había un desconocimiento casi total. Yo no tenía muchas referencias, no existían tantos estudios. Me di cuenta que no había punto medio, me podían decir “estás loca”, o “es posible”.
SR: ¿Qué cultivo elegirías si tuviéramos que vivir en Marte? ¿La lechuga y el tomate son buenas opciones?
AB: Para un cultivo rápido, sí, pero elegiría uno que tuviera más proteínas. Algo como la quinoa, que también crece en condiciones adversas y es interesante desde el punto de vista de las interacciones biológicas, más aún en condiciones extra-planetarias.
Las expediciones a Marte pueden ser una realidad en un futuro no tan lejano. Si uno piensa en las largas expediciones, hasta ahora sólo se pueden consumir productos deshidratados. En términos de viabilidad, es necesario que existan nuevas estrategias de cultivo.
SR: Cultivar en contextos inusuales o incluso adversos… Como la misión china Chang’e 4 que ya logró germinar semillas de algodón en la luna.
AB: Absolutamente, me pongo en esos contextos. Si se logran estas interacciones en el peor escenario, se puede solucionar cualquier escenario. Es pensar la vida en el límite, en temperaturas extremas, sin oxígeno ni agua. La intención es cultivar lo impensable.
SR: ¿Estos experimentos podrían también servir para futuros cultivos terrestres?
AB: Sí. En el mundo de la agricultura nos encontramos con que el suelo está dañado, saturado y contaminado por productos químicos. Las prácticas que se han aplicado han sido “pan para hoy y hambre para mañana”.
Por eso se han integrado otras prácticas, como fertilizar la tierra con materia orgánica, con interacción de microorganismos; nosotros, por ejemplo, estamos estudiando la fertilización basada en algas. Estas “nuevas formas” no las inventamos, son conocimientos ancestrales y ya las practicaban las mujeres agricultoras del pasado. Es necesario observar los procesos de la naturaleza. Yo me dedico a eso, a copiar lo que ocurre en la naturaleza.
PARTE 3: La Antártica y nuevos horizontes.
SR: ¿Qué mensaje podría tener la Antártica, el desierto de hielo, para nosotros?
SR: ¿Qué mensaje podría tener la Antártica, el desierto de hielo, para nosotros?
AB: La Antártica es muy interesante. Aunque algunos no se lo imaginen, hay un veranito donde podemos ver zonas totalmente verdes y aparecen las cosas que no vemos. No siempre está congelada, los hielos también se derriten y sale la flora vascular. Esto se ha ido incrementando con el fenómeno del calentamiento global.
En la Antártica todo funciona al contrario. Si en un sector del planeta pasamos por sequía, allá tenemos más agua, más humedad. A menos déficit hídrico, hay más terreno disponible para las plantas. Si la comparamos con Talca, u otros territorios poblados, la proyección del cambio climático va a la inversa en la Antártica.
Lo que pasa en la Antártica, es lo que podría pasar acá. Por eso me sirve copiar los modelos de adaptación en esos entornos. El presente de la Antártica, podría ser nuestro futuro. Porque mientras en la Antártica ya se sufrió la sequía, ahora con el calentamiento global vemos cómo la vegetación coloniza terreno.
SR: Es como mirar el futuro desde un espejo retrovisor. ¿Despertarán otros seres, ocultos hasta ahora?
AB: Sin duda es un misterio lo que comenzará a aparecer con los derretimientos de hielo. Las semillas y microorganismos han estado ahí, esperando las condiciones para proliferar.
SR: ¿Qué otros horizontes vislumbras?
AB: Yo creo que no existen ideas imposibles. Se puede encontrar solución a las cosas más impensables.
SR: Como decía Bradbury, “La ciencia ficción es el sueño de lo posible (...) Eso que es pasado, presente, y que luego será”. De alguna manera, ¡ya estás escribiendo tus propias crónicas marcianas!
AB: En el laboratorio pensamos que nuestras costras biológicas son como un pedacito de Marte. No sé si llegaremos, pero si se logra, al menos tendremos algunas herramientas para sobrevivir. Quizás para algunas personas son ideas rebuscadas, pero yo aprendí que no hay que tener miedo de las ideas locas, muchas veces son justamente las que abren nuevas puertas.
Laboratorio de la Universidad de Talca donde investiga Andrea Barrera.
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